Texto extraido de Otros Mundos
Gracias luis por rularme la web
Los nombres que aparecen en este caso no se corresponden con la realidad, han sido cambiados a petición de la remitente, así como la localidad donde se sucedieron los hechos. Una experiencia ocurrida en nuestra región. En la región de Murcia.
Esta historia, comienza así...
Mi abuela Pilar, viuda y con tres hijos, entre ellos mi padre que contaba entonces con 23 años de edad; vivió una experiencia que nunca ha pudo olvidar.
Una noche, cuando mi padre volvía a casa, se quedó atónito al contemplar en el portal de la casa a mi abuela temblorosa y totalmente pálida. Mi padre le preguntó varias veces que era lo que le ocurría, pero no conseguía entender lo que le estaba sucediendo, sólo escuchaba unas palabras que no paraba de repetir. Ella le decía una y otra vez que no volvería ha entrar en la casa.
Más tarde, y tras muchos intentos, mí padre pudo al menos convencerla para que entrara, ya que él estaría junto a ella en todo momento. Mí abuela, pasó al interior de la vivienda cogida muy fuerte al brazo de mí padre, aunque con mucho temor y mirando continuamente a cada rincón de la casa.
Una vez la pudo tranquilizar, mi padre, pudo ver unas magulladuras en el cuerpo de mí abuela y entonces le preguntó de nuevo sobre su comportamiento y sobre aquellas marcas en su cuerpo. Fue entonces, cuando mi abuela algo más relajada, accedió a contestarle.
Le dijo que aquellas magulladuras se las había hecho al caer por la escalera. Mi padre no estaba contento con aquellas palabras, con aquella explicación tan simple, dado como la encontró en el portal de la casa. Según él, ese motivo, no cuadraba. Mi padre, seguía pidiéndole que le contara la verdad de los hechos, pero ante las incongruentes palabras de mi abuela, decidió "olvidar" durante un tiempo todo aquel extraño suceso, creyendo que así, ella se iría tranquilizando mucho más y seguramente contaría todo lo sucedido aquella noche.
Pero no fue así, mi abuela desde ese mismo día, no quería estar sola en la casa y en cuanto oscurecía, rápidamente encendía todas las luces de la vivienda. Mi abuela, seguía atormentada por algo que sólo ella conocía.
El tiempo fue pasando y mi padre observaba que el comportamiento de mi abuela seguía prácticamente igual. En un momento en el que vio a mi abuela pensativa, mi padre, volvió a pedirle que le contara lo sucedido aquel día. Mi abuela, con la mirada fija y totalmente pensativa, accedió a contarle lo sucedido aquella noche.
Comenzó remontándose años atrás, cuando ella encontró trabajo de criada en una casa del pueblo. Al poco tiempo, mí abuela congenió muy bien con una de las hijas de aquella familia, concretamente con Lucía. Su amistad fue tan en aumento que incluso llegaron a ser como hermanas o como ellas decían, como uña y carne.
Años más tarde, mí abuela contrajo matrimonio con su novio de siempre, pero a pesar de ello, ella siguió trabajando, ya que decía sentirse como en su propio hogar. Sin embargo, con el transcurrir de los días, ocurrió algo inesperado, algo que hizo que su amistad con Lucía, acabara bruscamente. Ellas discutieron por alguna razón que se desconoce, pero que desestabilizó la amistad que les unía.
Pocos meses después, Lucía enfermó llegando incluso al borde de la muerte. Sus palabras fueron rotundas. Y es que Lucía prometió que si salía de ese estado, el día de su muerte, pediría llevar como mortaja, un hábito de monja, algo que siempre ella había odiado.
Pasados unos días, Lucía mejoró de sus dolencias e intentó por todos los medios posibles, reconciliarse con mi abuela Pilar, pero ella no quería, su orgullo seguía herido.
Pero por desgracia, al poco tiempo, Lucía, volvió ha enfermar de gravedad. Ella no cejaba en su empeño de recuperar la amistad de Pilar, no dejaba de enviar recados a mi abuela, diciéndole que no podía morir sin hacer las paces con ella. Lucía sabía que iba a morir y quería quedar tranquila, quería recuperar aquella bonita amistad que siempre hubo entre ellas. Pero fue inútil, mi abuela se negaba rotundamente, la cita que la enferma Lucía pedía, no se producía.
Una noche, cuando mi abuela Pilar, se encontraba sola en casa, le pareció sentir un soplo de aire en la cara... levantó la cabeza y con estupor pudo ver, proyectada sobre la pared, una extraña sombra. Intentó fijarse más en aquella silueta, y entonces observó claramente su forma. Aquello era un cordón trenzado, como los que se usan para ajustar la cintura de una túnica. Mi abuela, quedó atónita, estupefacta, y comenzó a mirar por toda la habitación, buscando el origen de aquella sombra. Pero no encontró nada, que fuera la causante de aquella fantasmagórica visión.
Al poco, la sombra comenzó a moverse. Mi abuela, paso de la extraña sorpresa al miedo, al terror que infundía aquella sombra en movimiento. Rápidamente, salió de aquella habitación, pero la sombra volvía aparecer, estaba allí, y cada vez más cerca, y a la misma vez que se movía, oscilaba como un péndulo.
De repente, mi abuela Pilar, muy nerviosa y con su cuerpo tembloroso por el miedo, salió corriendo en dirección a la escalera. Una vez en el borde del escalón, pudo sentir en la cara, el roce de una cuerda. Un desgarrador grito salió de su garganta y perdiendo el equilibrio, cayo por la escalera.
Cuando llegó al suelo, totalmente magullada, pudo observar que aquella siniestra sombra permanecía allí, cómo esperando algo. Mi abuela loca de pánico, invocó el nombre de Dios diciendo, que fuera lo que fuese aquello, que si era un castigo, que la perdonara, porque ella, también perdonaba. En ese preciso momento, la extraña sombra desapareció. Totalmente conmovida por el hecho, aprovechó para salir al portal de la casa, y así fue, como la encontró mi padre aquella marcada noche.
Pero este caso, no terminó así..
Al día siguiente, una vecina llamó a mi abuela y le comentó que Lucía, había fallecido la noche pasada. Mi abuela le preguntó, la hora del fallecimiento, la respuesta la dejó helada, a las 10 de la noche. Era la misma hora que mi abuela Pilar comenzó a ver aquella extraña sombra. Aquella vecina, le comentó, que Lucía había muerto, pronunciando su nombre. Con un nudo en la garganta, mi abuela le preguntó, como la habían amortajado. Con estupor pudo escuchar, que con el hábito de monja que la fallecida, pidió llevar. Mi abuela, le dijo que describiera ese hábito, a lo que la vecina contestó, era como todos e incluso con el clásico cordón atado en la cintura. Fue entonces, cuando mi abuela, con la carne de gallina, pudo comprender que esa fue la forma que su ex-amiga Lucía, utilizó para comunicarse con ella y así pedirle perdón o perdonarse mutuamente.
Ha pasado los años, y con ellos la tranquilidad ha prevalecido en la casa de mi abuela. Que día tras día se sigue preguntando, el porque no atendió la llamada de su buena amiga Lucía. Su orgullo le tendió una mala experiencia... la misma que le sigue atormentando por dentro. La llamada de una amiga, que nunca más volvió a verla.
El único recuerdo que le ha quedado a mi abuela Pilar, es la siniestra silueta, la fantasmagórica sombra que le visitó aquella extraña noche.
Javier Belmar
DarkPhoenyx — 14-06-2005 22:23:21
Laura — 07-07-2005 17:32:56